Termina el debate y el regusto que le queda a uno es que la estrategia del candidato Alfredo Pérez Rubalcaba ha sido fallida.
Ha planteado el único debate al que asistiremos en estas elecciones como una ofensiva total. Por tierra, mar y aire. Desde el minuto uno con pregunta y repregunta continua.
Bien es cierto que Alfredo era el que más se jugaba en el envite. Todos lo sabían, él sobre todo, que tenía que remontar mientras que a Mariano le valía con el empate, nadar y guardar la ropa.
Ese
punto de partida, unido a las expectativas que siempre generan los
dirigentes socialistas en el cara a cara (lo mismo le sucedió a Josep
Borrel tras ganar las primarias) ha llevado al candidato socialista a la
sobreactuación.
Es ahí donde debe hilarse muy fino porque, en caso contrario, sucede lo que ha ocurrido esta noche: que
hasta el menos avisado se ha dado cuenta de que el socialista no sólo
que iba por detrás sino que, en su fuero interno, él mismo ve a su
oponente como el ganador el próximo 20-N.
En la segunda parte del debate, Pérez Rubalcaba ha tratado de corregirlo pero ya era demasiado tarde frente a un Mariano Rajoy al que podemos achacar que ha sido el de siempre.
Contenido
en la expresión hasta decir basta y, esta vez, con los papeles y la
letra muy cerca y muy claritos porque nada podía fallar esta vez. Es lo que tiene ser gato escaldado, amigo, que huye del agua en cuanto se la nombran y a eso ha estado el candidato popular.
Dos
elecciones perdidas después y con más de dos dígitos de diferencia a su
favor en todas las encuestas, el líder del PP, además, ha protagonizado
el papel que más le gusta. El hombre cercano al pueblo, que "se patea" toda España, con una gran inteligencia y experiencia personal a sus espaldas. En fin, ha aplicado eso de los experimentos con gaseosa y se ha fumado un puro.
¿Qué ha leído mucho y no ha improvisado nada? Vale, pero esto es como lo que decía Javi Clemente en sus buenos tiempos: uno a cero, que es lo que cuenta y mañana ya nadie se acuerda si has jugado bien o mal. ¿Resultado? Es medianoche y hasta los medios de izquierda dan ganador del debate a Mariano Rajoy.
Eso
en lo que se requiere a un primer análisis en superficie. Si queremos
ser más tiquismiquis, yo resaltaría dos aspectos más del debate.
El primero, ha quedado escenificado el grave daño que hace a España el problema de las listas cerradas y bloqueadas.
Porque lo de hoy no ha sido un debate de líderes. Que
haya ganado el que menos ha arriesgado es una muestra palmaria de que
debemos darle una vuelta a nuestro sistema de representación para que lleguen a puestos de responsabilidad gente que se lo ha currado.
A mí, por ejemplo, como
autónomo me ha dado vergüenza ajena que gente que lleva tanto tiempo
viviendo del presupuesto hablen de pymes de cuatro trabajadores cuando
estos señores ni han vivido esa experiencia de arriesgar lo suyo ni la
conocen. Vamos que se notó en exceso que tocaban muy de oidas.
Por
eso mismo, habría que darle una vuelta a esta situación. Siendo incluso
un poco idealista, estaría bien incentivar la participación de
preparada, pero sobre todo que sepa transmitir algo y que,
insisto, dé al menos la sensación de que vive en el mismo país que sus
representados.
A este respecto me quedo con otras dos anecdotillas de lo patético que ha sido en algunos momentos el nivel intelectual del debate. ¿A
usted le importan las diputaciones? Pues ése y solo ese es el principal
problema que debe sufrir nuestro entramado institucional por el tiempo
que han dedicado los candidatos al asunto. ¡Ojo! Que como ha apuntado uno de ellos estamos hablando de algo creado en 1836… ¡Toma ya!
Segundo.
Va a ser el único argumento al que se van a agarrar los perdedores y es
el desliz de Mariano sobre Constantina y Grazalema, sitas en Sevilla,
no en Cádiz. Una muestra más de que quien tiene boca se
equivoca, pero sobre todo de ese distanciamiento de los representantes
con los supuestos “representados”.
Sobre todo, una muestra más de que después del 20-N el que va a salir es el menos malo. A ello vamos. De cabeza y con los dedos cruzados. Así que, ¡suerte al ganador! La va a necesitar.

Gana el que menos arriesga (y eso nos debiera preocupar a todos)